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Escrito por Kyuzo Murata   

Alrededor de 1960 comenzó a oírse en todo el mundo una nueva palabra: bonsái. En esta época pocos aficionados la conocían de primera mano y tales plantas recibían el nombre de plantas enanas, plantas de maceta o plantas en miniatura. Con ocasión de la Exposición Universal de Osaka (1970) se preparó una exhibición excepcional; pienso que ésta fue la circunstancia que dio a conocer los bonsáis, no sólo a los visitantes extranjeros, sino a todo el mundo. Tanto durante la exposición como después, se plantearon algunas preguntas: ¿cómo puede definirse un bonsái? ¿Cuál es la diferencia existente entre un bonsái y un Hachiuye, planta en maceta? La respuesta no es fácil. Suele darse la siguiente definición: el bonsái es una planta viva colocada en una maceta, sobre una roca o sobre otra planta, donde puede vivir de forma semipermanente. No presenta sólo la belleza natural de la planta en cuestión, sino que su aspecto recuerda algo más: puede tratarse de una escena, de un bosque o de una parte de éste, de un majestuoso árbol solitario, un paisaje marino o un lago, un río, un riachuelo o un estanque. Es probable que su contemplación encienda en nuestra imaginación la visión de un viento que pasa entre las ramas y que hace susurrar las hojas.

En Japón, el significado del bonsái es recrear una escena natural en una maceta, utilizando para ello las plantas como materia prima. En cambio, al contemplar un Hachiuye únicamente se ve la «gracia de la planta o de sus flores»; no comunican, por tanto, ninguna otra sensación. Ahora bien, es posible transformar el Hachiuye en bonsái utilizando para ello lo que llamamos «técnicas bonsái». Con las técnicas del Yose-ue (bosquecillo con más de 9 árboles) o con las del Ne-Tsuranari (troncos separados a partir de una misma raíz) es posible lograr que la escena representada en la maceta recuerde un bosque o una parte de él. El estilo Shakan (oblicuo) hará percibir el viento que sopla entre las ramas, mientras que el estilo Kengai (cascada) traerá a la imaginación el inaccesible pico de una montaña.

Otra pregunta: ¿deben añadirse plantas herbáceas u otros materiales a un bonsái? Existen muchos aficionados que piensan que las plantas herbáceas, musgos o piedras son un complemento indispensable para un bonsái. Puesto que estos elementos complementarios sirven para resaltar determinados aspectos de la planta, estamos en cierto modo de acuerdo con esta definición, aunque ello no signifique que cualquier planta herbácea se pueda utilizar para esta finalidad; es indudable que algunas presentan las características apropiadas y que ocasionalmente pueden emplearse para complementar la belleza de un bonsái. Se trata de determinadas especies de plantas o de musgos que pueden recordar un prado herbáceo y piedras o rocas que evocan la imagen de una cascada o de un riachuelo. Llevando este razonamiento al límite, se pueden utilizar como bonsáis incluso jacintos o tulipanes. A principios de la década de los cincuenta eran comunes en Japón bonsáis de plataneras de menos de 25cm de alto; ahora han desaparecido, y lo lamentamos.

El espíritu del bonsái

Hasta aquí he aludido a los conceptos generales acerca del mundo de los bonsáis japoneses; son estas ideas las que nos resultan más familiares. Ahora procederemos a ir más allá y a profundizar en el tema.

El arte del bonsái se ha desarrollado en Japón, un país en el que se cumplen las cuatro estaciones del año, con aire y agua limpios, con 500 años de historia, y con sólidas costumbres y tradiciones antiguas. En este contexto surgió y se desarrolló el arte del bonsái hasta llegar a ser lo que es en la actualidad. No creo que los bonsáis hubieran podido surgir en zonas tropicales, glaciares o desérticas. La vinculación del bonsái a los cambios climáticos, con las montañas, valles, ríos, lagos, tempestades, brisas, lluvias, nieve, heladas y otros fenómenos naturales, es mucho más importante de lo que se pueda imaginar. Japón es uno de los pocos países afortunados que poseen todo esto. El bonsái no ha de ser un mero esbozo de un paisaje o la pura repetición tridimensional de una fotografía. Si se utiliza la naturaleza como sujeto, el fin último debe ser algo que ha sido estudiado y definido en la mente antes de comenzar a crearlo. Sólo de este modo puede definirse el arte. En Japón, por ejemplo, tenemos el teatro tradicional Noh o la danza clásica japonesa, que son la síntesis tradicional de la música y de la historia. En Occidente existe el ballet. Éste se puede definir como una fusión, como la unión de la sensibilidad humana con el arte; en este mismo sentido, el bonsái puede definirse como la unión entre la naturaleza y el arte. El teatro Noh o el ballet se expresan y terminan en un período de tiempo relativamente corto. El crecimiento y desarrollo del bonsái es en cambio tan lento, que apenas resulta perceptible. El objetivo del bonsái es simular todo cuanto acontece en la naturaleza, y la naturaleza expresa su eternidad con cambios lentos, lentísimos. El bonsái pone de manifiesto precisamente el lento proceder de la naturaleza. Una vez se haya captado esta realidad, cuando la comprensión del fenómeno bonsái haya llegado tan lejos, entonces se estará en condiciones de penetrar en el mundo del Wabi o Sabi. Es una empresa ardua, casi imposible, tratar de traducir el significado de estos términos, ya que han sido acuñados para describir sentimientos creados y realmente sentidos únicamente por los japoneses, sentimientos madurados a lo largo de un lento proceso generacional. Además, eran sentimientos desconocidos para los occidentales hasta hace poco tiempo. Wabi es un estado de la mente o un lugar, o la atmósfera de una ceremonia de té o un Haiku (breve pensamiento poético típicamente japonés, n.d.t). Se trata de un sentimiento de gran simplicidad, de calma, de dignidad.

Sabi es un sentimiento de paz interior, de sencillez procedente de algo utilizado desde antiguo y que de nuevo se emplea y en el que es perceptible, junto al discurrir del tiempo, el toque de los hombres que lo han creado o poseído. Imaginemos por un momento que estamos sentados en un rincón del Ryoanji, famoso jardín de piedra de Kyoto. Es una tarde nebulosa de finales de otoño, en la que contemplamos el jardín, después cerramos los ojos y despejamos por completo la mente; en este preciso momento no existe ningún pensamiento en la mente, está vacía... y sin embargo el corazón y la mente se llenan de un sentimiento de satisfacción, de serenidad. Este estado es el Wabi.

Estoy firmemente convencido de que el objetivo final al crear un bonsái es una búsqueda del Wabi o del Sabi, que deben constituir el fin último del arte del bonsái. Carezco de conocimientos suficientes pera explicar la esencia del Wabi o del Sabi, pero no puedo dejar de creer que su filosofía es la búsqueda de la verdad, de la virtud y de la belleza. Todo ello es importante también en la creación de los bonsáis.

El sentimiento Wabi o Sabi es algo casi estoico que se encuentra en el budismo Zen. Estos sentimientos no son comunes a todo el mundo, proceden de una disciplina tranquila aunque severa, y son propios de las personas auténticamente religiosas y de las creadoras de bonsáis. Pienso que estos sentimientos son fundamentalmente amor: amor hacia las plantas, amor hacia los seres humanos.

No todo se reduce a la técnica

Volvamos a la realidad. El bonsái es un arte extraño con el que se pueden crear sensaciones de realidad y naturaleza por medio de la manipulación, durante un largo período de tiempo, de árboles, piedras, rocas y macetas. Cada bonsái es un original del que no existe copia, su creación jamás podrá darse por acabada y siempre se deberá seguir adelante. El arte del bonsái no puede enseñarse del todo a través de técnicas exactas, como sucede, por ejemplo, con el ikebana, que es el arte de la composición floral. Esto se debe, ante todo, a la necesidad de proteger la vida de la planta.

Limitar el bonsái a una determinada técnica o estilo, significa ignorar la fisiología de las plantas. Si se intenta forzarlas bajo un esquema determinado, sin considerar su propia naturaleza, pueden llegar a morir. Esto se debe a que la fisiología de las plantas es limitada y deben conocerse estos límites y tenerlos presentes cuando se trata de crear un bonsái. Aparte de algunos árboles salvajes, pienso que los bonsáis son los seres vivientes más viejos, lo que significa que hay que ayudarlos a vivir cuidándolos con amor y compartiendo con ellos las alegrías y las penas. Se dice que la vida de un cerezo salvaje, en la naturaleza, es de unos 120 años, pero no es extraño ver ejemplares de bonsái de esta especie aún más viejos. Es un sentimiento religioso que se demuestra cuidando y amando a un bonsái que es mucho más viejo que nosotros mismos.

Quienes, hoy en día, están interesados por el arte del bonsái, han estudiado de un modo u otro bajo la guía de algún buen maestro y han aprendido las técnicas para crear un Chokkan (forma vertical), un Moyogi (forma pseudovertical), un Shakan (forma inclinada) y un Kengai (forma en cascada); pero, al llegar al nivel del Nejikan (tronco retorcido) o al sistema para forzar el aparato radical o las ramificaciones, se dan cuenta de que no todo sucede como habían pensado. A pesar de llevar trabajando con bonsáis casi 60 años, debo superar problemas casi cotidianos relacionados con los abonos, el tipo de tierra, el riego, las piedras o las rocas o para sujetar las ramificaciones. Jamás ha existido un método rápido para tomar importantes decisiones, y a menudo se requieren muchos años para llegar a una solución satisfactoria.

Hace poco que llegué a una conclusión personal: la técnica más atractiva del arte del bonsái es la de transformar una planta de aspecto no natural en una de aspecto natural. Pondré un ejemplo que ayudará a aclarar este concepto: existe una famosa Zelkova perteneciente al ex primer ministro japonés Shigura Yoshida, que fue también el presidente de la Asociación Nipona de Bonsái. Este bonsái fue creado por Sig Ogata, cortando el ápice superior del tronco principal de la planta, y dándole con ello un aspecto totalmente diferente. Cuando lo vi por primera vez, en la exposición anual de Kokufukai, me reí y también lo hizo el director del Museo Nacional que participaba en la exposición. Algunos años después la planta fue presentada de nuevo, con ocasión de la olimpiada de Tokio (1964), y esta vez mereció el reconocimiento de todos los visitantes. Posteriormente fue exhibida otra vez en la exposición de Kokufukai y fue reconocida como uno de los ejemplares más bellos de Japón. En realidad se trata de una planta de aspecto singular, y es probable que jamás se vuelva a encontrar en ninguna otra parte del mundo una planta de aspecto tan «poco natural» que, sin embargo, recuerde con tanta exactitud una enorme y solitaria Zelkova, como las que crecen fuertes y vigorosas en plena naturaleza. Me permito explicar mejor el discurso con otro ejemplo. En el teatro Kabuchi, a un hombre que recita un papel femenino, lo llamamos Oyama. Los espectadores saben que en realidad «ella» es «él», pero se comporta y recita como una mujer. En esto consiste el arte y lo mismo puede aplicarse al arte del bonsái. En Japón también existe lo que se denomina arte de la caligrafía. Existen tres modos de escribir Kinj (ideograma), exactamente como los occidentales que tienen dos modos principales de escritura (las mayúsculas y las minúsculas). Pienso que pueden aplicarse las mismas variaciones al bonsái. Cuando se pretende recrear un escenario natural, pueden utilizarse las mayúsculas o las minúsculas, ya que el fin último permanecerá inamovible y sólo cambiará la forma de alcanzar la meta.
Existe una copia exacta del jardín de piedra Ryoanji en el Brooklyn Botanic Garden. Quienes no han tenido la oportunidad de ver el original en Kyoto, si tienen la posibilidad de visitar esta imitación de Nueva York, lo harán. No hay que hacer otra cosa que sentarse y esperar,  y si se está fatigado, cerrar los ojos. Esta experiencia ayudará a comprender mejor el espíritu del bonsái.

Kyuzo Murata (uno de los maestros más respetados y queridos en Japón). Su escrito está basado en sentimientos que hunden sus raíces en la tradición, la filosofía y la religiosidad, es fundamental para la comprensión del sentido del bonsái en los occidentales. 

Fuente del texto: Bonsais. Gualtiero Simonetti Ed. Grijalbo.

 
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